sábado, 2 de junio de 2007

De mi paso por Medellín

Hace un par de semanas pasé por Medallo. Cansado porque el infeliz bus tenía muy alto el descansa-pies y resultó más bien un agotapaciencia-pies. Creo que ninguno de mis acompañantes (Henry Morales, Rafa López, Fredy Ayala) logró descansar en el bus. Aunque esto no significa que no hallamos podido dormir, porque creo que ninguno pudo disfrutar del estreno cinematográfico del viaje: La India María en Ni Chana ni Juana. Cosas del cansancio de la semana. Todos quedamos fundidos tras cinco minutos de la folclórica (no encuentro un término adecuadamente peyorativo) película.

Me fui de desparche a un festival de cuenteros. Saludé a par amigas y amigos del Valle de Aburrá [Cuenteros(as), antropólogos y demás], me quedé donde dos de las primeras y me fui a beber un par de alcoholes con mi tío “Oswald” en la parte más alta de Buenos Aires (barrio de Medellín) el último día. O sea, a imbuirme en el más tradicional, coloquial y esencial actuar del machismo colombiano (jeje): Beber y beber... hasta caer. Realmente no pude ver mucho de la ciudad. Quería ir al colegio donde estudié de chinche, pero no tuve tiempo. Vi apenas lo suficiente: la Biblioteca EPM, el Edificio Pilo (Inteligente) el Parque a la Obesidad (Botero) y un par de cosas más. Aunque estuve en el barrio Manrique varias veces no fui al Museo Gardeliano. Y lo más descepcionante... no fui a ningún desfile de modelos paisas!!!! Jejeje...

Bueno, hay que aclarar algo. Lo de que allá uno se queda lelo viendo las nenas es cierto. Casi todas son bastante mamacitas. Sobretodo en las universidades donde estos infelices contaban y yo sólo veía sin protagonismo alguno...

Aunque no me puedo quejar. Rumbeé, dormí bastante cómodo, me atendieron maravillosamente, disfrute de la gastronomía de las madres de mis anfitrionas y me di un caldo de ojo... pero sólo de eso, vi y no toqué.

En cuanto a los cuentos me gustó el público que se percibe en un lugar como Medellín. El ambiente no está tan saturado de cuenteros como en Bogotá y la gente los recibe con más agrado. De las funciones tengo mis anotaciones pero son más personales (a las personas). De eso escribiré luego en otra parte.

Pos nada. Muy bacano el pueblo ése ola!!! Hasta me dan ganas de hacer una maestría pu’allá. No sé si uno aprenda mucho en un lugar como este pero que uno se divierte... eso sí no tenga la menor duda!!!

martes, 10 de abril de 2007

Inteligencia

Charlando esta tarde conmigo mismo, sobre babosadas varias, la conversación pasó temporalmente por el ámbito pedagógico y salió una frase bien interesante:

“Tal vez la mayor paradoja que pueda tener alguna acción de la pedagogía –respondía Yo a migo mismo– se encuentre en las cátedras de tipo marcial o militar. Porque precisamente cursos totalmente reconocidos por todos como lo son los cursos de inteligencia lo que más promueven, paradójicamente, es la brutalidad militar (o policial!!!??)...!
2007-04-10

domingo, 8 de abril de 2007

Fotos del 29

En un ensayo que hice para clase de Teoría IV (hace rato), bastante autorreflexivo, decía: “Entonces me encontré una mañana frente al espejo frente a un ser extraño, un tipejo desaliñado y con cara de pocos amigos. El cabello revuelto, barba de cuatro o cinco días y una camiseta raída y vieja. “Es mi camiseta favorita”, pensé. “Me la rompió un cachorro de zorro que pasó hace algunos años por mi casa”, he tenido que explicar siempre que alguien me ve con mi camiseta de pijama favorita. Lo primero que pensé fue que debía afeitarme, la mía no es precisamente la barba más densa que se haya visto. Parte de mi herencia americana...
En condiciones similares me levanté el último jueves de marzo. La barba tendría un poco más de dos semanas. La camiseta era otra, un regalo de mi tío paisa, camiseta que después de llevar conmigo diez o quince años se convirtió también en pijama. Mientras me miraba en el espejo y trataba de desenredar la maraña de cabello mientras notaba alguna arrugas bajo mis parpados recordaba las palabras de Jairo: –¿Ya estás escuchando la W? ¿Lees el periódico en las mañanas? ¿Te preocupas por el examen de próstata?
No. No escucho la W. Y no leo el periódico en las mañanas porque dejamos de tener suscripción pu’allá por el año 94. En esa época sí leía El Tiempo antes de ir al colegio. En cuanto al examen... “virgen hasta el matrimonio” o hasta que el proctólogo me lo exija...!
Con el mismo señor González hemos hablado sobre muchas cosas de nuestra ‘dizque’ madurez cuasi contemporánea, pues él no es tampoco tan ‘más joven’ que yo. Hoy veo algunas cosas con cierto grado de vejez más que de madurez. Ese jueves me golpee con algunos de mis viejos rasgos de mentalidad adolescente. De chico me decían que en muchas cosas era un anticuado y hasta barroco. De chinche mi actuar estaba limitado por ciertas características más de un octogenario que de un pelado de seis o diez años. Nunca dejaré de ser niño pero el adolescente, hasta altura, comienza a desaparecer. En principio me aburre pero ya es justo y necesario. Conozco cuaren y cincuentones que actúan como treceañeras y son desesperantes. Pero ya dejemos la melancólica y sigamos.
El último jueves del marzo anterior estuvimos en Minos festejando (más bien conmemorando) el cruce (o más bien trasgresión) de la línea de mis veinte. Fueron compas de distintas épocas y roles (Colegio, Ing. Química, Teatro, Música, Coro, C. Humanas, Cuentería, etc). La idea inicial era cantar y tocar con varios instrumentos en escena con algunos de ellos. Desafortunadamente murió una de las dos guitarras que llevábamos (Sí, para la próxima procuraré guitarra de repuesto) y no salió como estaba previsto pero igual fue sabroso compartir con todos(as) ellos(as). [(as) por aquello de la “inclusión”].
Nada... He aquí algunas fotos de la noche del 29...

Fotografías en Minos...!

domingo, 18 de marzo de 2007

Resaca de Domingo


Bib...

bip bip bip Bip...

bip bip bip Bip bip bip Bip bip bip Bip...



Estiro la mano aún sin abrir los ojos. Apago el sonido estridente de la alarma del celular (sí, es un Nokia) y vuelvo mi cuerpo hacia la pared. –Domingo 10 a.m. –me digo–.

Después de dos llamados más del celular me levanto y camino hacia la cocina. Aún con los ojos entrecerrados hallo la olleta del chocolate, a esta hora ya fría. Tomo MI pocillo amarillo con la mano derecha, el único pocillo con dueño en la casa, y deposito lo que queda del cacao del desayuno en él, con la mano izquierda. Al fondo, en el patio, escucho ladrar a Carlos.

Los demás a esta hora deben estar en misa, en aquella iglesia gigante y blanca repleta de ventanales de todos los colores. Camino hacia la sala y al pasar por la mesa del comedor recojo dos panes con la mano izquierda y camino hacia la ventana de la sala, la gran pared de cristal que da al exterior. En la pared hay una placa que le dieron a mi mamá por “Excelencia como Maestra” cuando salió del colegio en Bucaramanga. En su reflejo veo mi barba de varios días y mis ojos chupados hasta el culo. Sí, tengo sueño.

Desde la ventana veo el edificio de enfrente. El apartamento de enfrente. También un cuarto piso. La calle a esta hora demasiado soleada para mi gusto. La misma calle que anoche me parecía oscuramente acogedora a esta hora solo me obliga a fruncir el ceño y entrecerrar los ojos.

Anoche era distinta. Mientras algunos “vecinos” bebían cerveza en la tienda de la esquina, sentados en el andén, don Abraham le daba instrucciones a un tipo, algo tomado, para que sacara su carro sin herir las latas de las dos camionetas que le encerraron.

Don Abraham es de Palmira. Su pelo totalmente blanco y sus ojos verdes siempre le dieron un aire duendesco a su piel amorenada por el sol.

Mi papá era alemán y mi mamá mulata del valle. Yo fui el único blanco de toda la familia y por eso mis primos siempre me la tuvieron montada –me dijo una vez que me invitó una cerveza.

Él cuida desde hace un par de años los carros de los clientes de la cancha de tejo que queda en el edificio de al lado. Don Abraham recibió unas monedas del borracho y tocándose la gorra con la mano derecha me hizo un guiño de saludo.

Don Abraham –dije suave, como con los ojos, y seguí caminando hacia la avenida–.

“ZONA INDUSTRIAL Y RESIDENCIAL” reza en uno de los letreros que hay al comienzo de la cuadra. Una calle que de día transpira una escena de industria y de trabajo y que en la noche, una noche como hoy, exhuma su aire de camaradería animada por la música y el alcohol.

Hasta luego vecino –me dice uno de los chinches del primer piso de mi edificio (uno de los cinco hijos de la pareja del primer piso… ¿cómo los distinguen si todos son igualitos?) que compite a los penaltis con otros chaparros en la pared de una fábrica–.

Al llegar a la esquina quiero encenderme un cigarro y no encuentro el ligthell (como diría Calle 13). Un par de guitarros, músicos de tienda, llevan cigarros encendidos y me pasan candela. En mi casa no pueden enterarse que fumo. Cómo si hay dos asmáticos en la casa y un par de tíos murieron con los pulmones hechos una miseria por el tabaco. Cuando estoy a punto de terminarlo llega el abogado apago el magarro y me subo al carro.

Quiubo mijo –me dice–.

Tos qué parcerito –le respondo dándonos el abrazo de rigor–.

Toscanini ya no vive en el sector. Ahora es profesor del Externado y hoy por ser su cumpleaños nos vamos al viejo barrio a tomarnos unos tragos con los compadres del colegio.

El parque de siempre, a dos cuadras del colegio. “Picado” de baloncesto y tras dos minutos de trote... Mierda, ya no somos los de antes.

Mijo, a ver si dejamos el ajedrez y hacemos más ejercicio –dice el Gamboa que es el único que no parece asfixiado.

Él, biomédico, trota todos los días. Claro, ya es papá y todo hombre casado tiene barriga y, si no trota, no la baja…

Tras media hora de juego, pues casi todos caímos sobre nuestras rodillas transcurridos apenas diez minutos, fuimos a descansar sobre el césped de la casa de los papás Gamboa. Jan, el biomédico, tampoco vive ya aquí pero sus cuchos eran los papás del grupo, de la rosca, de los compas. Y tras lavarnos las manos y prepararnos unos sanduches fuimos al garaje de siempre a sentarnos en el suelo y recorrer todas esas calles que deambulamos siendo chinches… En cada cerveza venía un recuerdo, como si caminásemos por ellos empujados por cada birra…

La primera nos ubicó en el salón: Mi puesto siempre contra la pared de atrás, para poder recostarse, cómodo, para no dormirse en clase y aun más cómodo para dormirse. Solano, que era ancho de espalda, siempre delante de mí, junto a JJ cubriéndome, para poder sacar los libros durante el examen. Y Gamboa y Toscanini en la línea siguiente cerrando, cual infantería, el centro de operaciones. Bueno, también era porque ese par era medio esbozo de nerd…! Luego de jugar baloncesto y fútbol en salón, luego de las peleas con pepas de eucalipto en el patio con los del otro curso, luego de usar a la mitad de los alumnos del salón para borrar con ellos el pizarrón, luego de escabullirnos por los pasillos y saltar al primer piso por la columna central saltamos por la pared trasera y nos tomamos nuestras primeras cervezas donde Mamá Dora. (Salud!). Casi todos los días jugamos micro a la salida. Algunos viernes nos dimos trompadas atrás del Carulla. (Salud!). Cuando los papás Solano fueron al llano nosotros fuimos a su casa y dimos vueltas en su carro por toda Ciudad Salitre. (Salud!). Cada cerveza un camino recorrido, un viaje, un sueño, un amigo perdido. Un callejón del primer cigarro, un perder la virginidad en la fiesta del colegio femenino, el preuniversitario, el parque, las guitarras y el tocar el Himno del colegio en Black Metal. El matrimonio de Jan en la iglesia de los cristales de Colores. Cada casa, cada calle, hasta cada aldaba tenía su historia en cada una de las cervezas que se destapaban.

A las tres de la mañana el silencio del cansancio obligó a la partida. Toscanini se quedó donde sus papás, 6 cuadras al norte del garaje de siempre. Yo caminé las veintitantas cuadras a mi casa con Carlos, el perro de los Gamboa, dizque para que me cuidara. Quería dormir en mi cama. En el camino no hallé ningún desconocido amenazante, todos conocidos. Me encontré con el viejo que vive debajo del puente y charlamos como cinco minutos. Le dejé un cuarto de güaro que me quedó.

Al llegar la calle de mi cuadra ya estaba vacía. Mi calle que ya no es mía. Una calle que no vivo porque mis recuerdos son de una ciudad de antes. La misma calle pero ahora vacía.

Entro al apartamento tratando de no hacer ruido. Para no encender luces uso la linterna del celular. Podría ser peor donde me confundieran con un ladrón. Dejo a Carlos en el patio. Voy a la cocina y me caliento un cafecito para dormir más tranquilo. Lo sirvo con la mano izquierda en MI pocillo amarillo que tengo en mi mano derecha. Camino hasta la sala y al pasar por la mesa del comedor recojo dos panes con la mano izquierda y camino hacia la ventana de la sala; la gran pared de cristal que da al exterior. Desde la ventana veo el edificio de enfrente. El apartamento de enfrente. También un cuarto piso. Terminado mi café miro el celular. Son las tres y media. Pongo la alarma a las diez y me voy a dormir. Tengo sueño.

PT

miércoles, 14 de marzo de 2007

Sueños

– Doctor...

– Dime.

– ¿Qué son lo sueños?

– Depende de a qué tipo de sueños te refieras. Están los oníricos, los anhelos, las fantasías...

– Bueno, es cierto. Me refiero a los sueños que se generan cuando uno duerme. Hay algunas teorías sobre el cerebro que lo comparan en funcionalidad y procesos con la mecánica de un computador...

– Claro, el ordenador fue inicialmente creado basándose en ciertos procesos cerebrales...

– Pero, basado en eso, algunos han dicho que, así como el computador, el cerebro es un banco de memoria que llega a saturarse y por lo tanto necesita liberar memoria o fragmentarse. Para el caso del cerebro uno de sus mecanismos de limpieza serían los sueños, o sea que cuando uno sueña estaría reorganizando y desechando información...

– Podría ser una de tantas posibilidades. Hay otros que piensan que los sueños son premonitorios, y otros más, que son representaciones de anhelos internos y de posibles taras psíquicas...

– Sí lo sé. En momentos he pensado que son hasta las tres cosas... Pero mire que hay una cosa que a mí me afecta y es que casi nunca recuerdo mis sueños. Esto me angustia porque podría estar olvidando huellas importantes en mi memoria. Tanto no los recuerdo que a veces los confundo con las cosas reales.

¿Sabe doctor? Hay días en que mis recuerdos se confunden con fantasías y deseos. Hay días en que mis sueños son recuerdos y otros en que éstos, los sueños, se vuelven recuerdos de cosas que no existieron. Es un no saber distinguirlos. A veces los recuerdos no tienen colores y entonces los reconozco como sueños. Pero a veces estos recuerdos están cargados de adjetivos odoríficos y sensaciones táctiles y entonces no logro dilucidar cuáles son los falsos. Si yo recuerdo un olor lo siento. Si lo sueño lo recreo. Y si lo re-creo, lo recuerdo... Ahí está mi confusión. Cuando no sé si algo lo soñé o lo recuerdo...

Ayer me vi con una mujer con la cual soñé la noche anterior. Pienso ahora que talvez fue algo premonitorio. Ella es una mujer ya vieja en mi memoria, una antigua residente de mis sueños y mis anhelos. Su piel tiene ya el color antiguo de los años y sus ojos siguen siendo de un niño serio y sin tiempo.

Ayer nos encontramos por casualidad y charlamos. Allí recordamos las miradas, recreamos las caricias y revivimos las sonrisas infinitas. No recuerdo su nombre. O más bien al pensar en ella su nombre real no existe y la voz que me debiera recordarlo se desvanece.

Luego de recordar quienes fuimos y cuánto hubiéramos podido llegar a ser ella me miró a los ojos y preguntó: “¿Y si las cosas no hubiesen sido tan adversas? Y si aquello fuera... ¿Qué podrías hacer?”. Entonces mis palabras lo hicieron todo. Recorrieron geografías antiguas y sin fin. Y ella escuchaba y seguía su camino intermitente. De pronto detuvo mi cruzada de fonemas con su mirada entre displicente y cariñosa, tomo mi rostro con su mano y con voz firme dijo: “Sucederá... En ese instante verás mis ojos y sabrás que te estaré amando. Porque desde el primer día que te vi quise amarte. Y en ese instante realizaremos todos los sueños y viviremos todas las edades, juntos, desde el principio de la infancia hasta nuestra cansada vejez. Pero eso sí. Sólo será una vez. Con sueños, fantasías, aromas, encantos, sabores, perversiones, angustias y verdades. Por esa única vez seré tu novia, tu amante y tu esposa... Un anillo y un abrazo sin fin de ires y venires... Pero solo uno... por una sola vez...”.

No pude decir mucho después de eso. El vaho delicado de su aliento aún seguía recorriendo mi olfato y se confundía con el recuerdo de su mirada estática frente a mis ojos. Luego terminamos las cervezas sin muchas palabras y al despedirnos su mirada nuevamente era la del recuerdo y no la de aquella mujer cercana de hacía un par de horas, la realizable.

¿Sabe doctor? Cuándo desperté esta mañana demoré varios minutos tratando de saber si habría sido solo un sueño. Pero el aroma de su cabello aún estaba en mi pecho y la suavidad de su mano aun palpitaba entre mis dedos. ¿Y sabe doctor? Que hoy no quiero dormir porque sé que mañana el recuerdo será aun más lejano y ese encuentro parecerá más un sueño y luego, con el tiempo, un anhelo sin fundamento. Quiero que siga siendo una realidad en mi recuerdo y no una fantasía emprendida por mis torpes neuronas soñadoras. Ellas, mis neuronas, siempre insensatas y pueriles.

Doctor... ¿Usted qué opina?... ¿Doctor...? ¿Doctor...?

Mierda. Otra vez tuve el mismo sueño.

2007-03-12

sábado, 24 de febrero de 2007

Humo

Me encendí un cigarrillo. Mientras los trozos de té danzaban en la taza yo les veía, sereno, concentrado en la sencillez de su movimiento. Dejé la taza en el suelo. Tomé una bocanada y me dejé caer suavemente sobre la cama. “Sí”, dije. “Está del putas tu cuarto”. Miraba al techo e iba a tomar un segundo aire de tabaco pero sentí tu cuerpo sentándose en mis piernas. Mi mano izquierda se estiró hasta la mesita donde las cenizas no serían asesinas de madera o algodón. Tus manos llegaron a mi pecho y tus labios recorrieron mi cuello. Me mantuve en silencio unos segundos para no herir el momento. Mi mano derecha rodeó tu espalda y los movimientos concéntricos de tus caderas me llevaron al pasado remoto en que vos y yo fuimos uno solo.

“Me…”, intenté decir y tu índice eliminó del diálogo a las palabras. Fue un leve susurro, un recuerdo que nos fascinó por unos cuantos segundos. Dos caricias y un ligero beso. Me incorporé para acariciarte y tu mano hizo el gesto de siempre, con el cual todas las discusiones eran concluidas, el lancetazo final con el que el director termina la obra, la maniobra sorda que apacigua, el silencio imputado ante cualquier ráfaga, el signo del dominio, el símbolo de tu miedo.

“Es hora de irnos”, dijiste. Y sentado recordé el cigarrillo moribundo en mi mano siniestra y muerta, como dormida, y en la última gota de tabaco aspiré mi recuerdo eterno mientras él me decía en silencio, en mi mente, “¿Qué esperas... si su alma es orgullosa y de hojas grandes como la planta de tabaco, pero que solo hasta que éstas estén secas y el fuego les halla consumido no conocerán del vuelo y de su cielo sino siendo humo?”.

Signos

Por estos días tomé un materia electiva (o curso de contexto, no sé bien) en la cual debía escribir un par de recorridos, cual crónica, o algo así. El resultado fue divertido. El primero de ellos fue “Resaca de Domingo” y luego vino “Signos”. La idea de "Signos" surge de la lectura de "La ciudad y los signos 2" de Italo Calvino...

Supongo que seguiré escribiendo.
SIGNOS
Tras cada viaje el recuerdo es todo aquello que ha logrado anclarse en los surcos de la memoria de manera tan firme que su sola evocación obliga al cerebro a repetir, como en un espejo, las sensaciones fieles, reflejadas, casi iguales, aunque intangibles.

Ayer me fui de viaje. Parado al lado del Centro Comercial, a punto de tomar la ruta al hogar, un hombre detuvo su paso frente a mí. Con ligero acento valluno me preguntó:
¿Tenés candela Germán? –Lo hizo como si me conociera de siempre. Y yo, sin sorprenderme busqué en mi pantalón y encendí el cigarrillo que colgaba de sus labios.

No te acordás de mí, ¿verdad? Soy Carlos. Trabajamos en el bar de Fernando.

Una ráfaga de imágenes me vinieron al cerebro. Múltiples luces de colores y estrober. Humos en la cara, rostros oscuros que solo eran iluminados por el ir y venir de los cigarrillos y las velas. Copas medio llenas de tragos de todos los colores, mesas oscuras llenas de ceniceros, vasos y botellas. Música burbujeante que te invitaba a cerrar los ojos y dejarte llevar. Minifaldas y escotes infinitos dispuestos ante los ojos de aquel que estuviera en el mejor lugar de todos para disfrutarlo: En la barra. Todos querían que su canción sonase primero. Llegaban allí, invitaban y pedían. Recordé como treinta rostros. Todos femeninos. Algunas rubias, otras morenas. Pero eso sí, todas de labios apetitosos.

¿Carlos? Estee... sí! Claro que me acuerdo de ti. Sos el ‘Caleño’. ¿No? –Fue mi gran deducción luego de escuchar su acento–.

Te acordaste de mí, ve!. Y pensé que por lo poco que estuve en el bar no te ibas a acordar.

Su rostro realmente no me dijo nada pero su mano me ofrecía un cigarrillo japonés que solo le había visto a uno de los judíos que era dueño del bar de la competencia.

Y qué más de vos?, Vé! –le pregunté. Era un cigarrillo fabuloso. Como si estuviese hecho de hierbas aromáticas su humo sencillamente reconfortaba.

Nada mijo. Camellando resto y ganando duro –me dijo. Como si yo supiera qué era eso de tener dinero en el bolsillo.

Hablamos poco más de diez minutos y sí, el cigarrillo se acabó. Luego comenzamos a bajar por la 72 para caminar por la 15 hacia el norte. Abrió una cajetilla distinta. Sacó dos cigarrillos y a cada uno le metió una pepa en el filtro.

Probá esto que me acaba de llegar.

El golpe fue directo. La Panamericana dejó de ser una papelería y se convirtió en un castillo. Tenía torres inmensas y era tan extensa que deseé tener un caballo para recorrerla. En cada esquina de cuadra había un pelado o una vieja vendiendo chatarra de paquete: Papas, dulces, chitos y cigarros. Ellos se fueron convirtiendo en los porteros de cada uno de los Burgos que fueron apareciendo. Cada cuadra un Burgo. Terrenos atestados de castillos tintineantes que eran separados por ríos de luces cegadoras. Ríos en los cuales Dragones de fuego eran cabalgados por jinetes que incesantes tocaban marchas de guerra en sus cornetas.

Un castillo, un río, un dragón, un portero. Un castillo, un río, un dragón, un portero. Otro castillo, otro río, otro dragón, otro portero. El carrusel se repetía y aunque mil veces caminé por aquellos senderos nunca les había visto así. Los árboles raquíticos de siempre, como bosques itinerantes, se atravesaban en mi camino una y otra vez. Deteniéndome. Evitando que de algún modo pudiera llegar a mi objetivo. Carcomiendo mi memoria, haciéndome olvidar en dónde estaba.

Fueron semanas cabalgando en dragones, nadando en los ríos y durmiendo en los árboles hasta que por fin, treinta minutos después, estábamos parados frente al bar...

Gengis Khan despertó y le pidió a su secretario que escribiera su sueño. “Los designios cambiarán... –le dijo– ...pues mis sueños siempre traen buenos augurios”.