miércoles, 13 de junio de 2007

Nuestra Violencia y Campo Elías (1a Entrega)

• Primera Parte (A continuación)
• Segunda Parte (2a Entrega)

Hace algunos años estuve viviendo en el sector de Chapinero, sobre la séptima, frente al Dispensario (creo que así se llama) del Ejército. A dos o tres cuadras de donde había nacido yo muchos años atrás. Allí me encontraba en un diciembre, año 2001, en un desparche de “malparidez existencial” de esos que suelen llegarme siempre para las navidades.

Estaba echándole una pasada al apartamento: regando las matas, revisando grifos y ventanas, para luego volver a la casa materna (todo esto ya que mi pareja estaba fuera de Btá). Era un 22 de diciembre y tenía la malparidez más fuerte de esa semana. Varias cosas no habían salido bien por esos días y andaba con ganas de golpear a alguien.

Cuando estaba a punto de salir del edificio doña Mercedes, la casera, me dijo que bajara a tomarme un tinto pre-navideño.

Mierda –me dije– preciso hoy que no quiero hablar con nadie.

Cuando bajé, la amable y benemérita anciana me habló de su sobrino y de lo que ella hacía en navidad y todas esas cosas que uno no quisiera escuchar cuando se tiene el ánimo arrebatado. Pero en un momento inesperado, sin saber cómo ni porqué (aunque lo intenté esa noche no logré la sinapsis neuronal para recordar la razón), ella comenzó a hablarme del caso Pozzeto.

Campo Elías vivía en el edificio de atrás. –Ésta fue la frase que me despertó de la fantasía homérica (H Simpson) en que me encontraba mientras escuchaba el resto de sus disertaciones–.

¿Edificio de atrás? –le pregunté–.

Para ella había dos edificios, el de atrás y el de enfrente, separados por un pasillo, pero realmente era uno sólo. Entre tinto y galletas la anciana me contó cómo Campo Elías había asesinado a la niña del 307*, a la familia del 408, cómo ella le había ayudado a saltar por una ventana a la niñera del 209, mientras me describía, con lujo de detalles, a qué se dedicaba cada uno de los integrantes de la familia de cada uno de los apartamentos. [*Obviamente estos números y sujetos no son reales, los verdaderos fueron borrados instintivamente por mi memoria].

Luego me habló de Campo Elías. De su viaje a la guerra de Vietnam, de cómo era su carácter en ese entonces y de lo que hacía por esos días.

¿Más tinto? ¿Galletas?

Luego me contó sobre lo que le habían dicho a ella sobre lo sucedido en el Pozzeto. Sobre las múltiples veces que había recargado el arma sin que nadie le interrumpiese.

Para mí que no lo mataron. Ese se tuvo que disparar él mismo –dijo ella muy tranquilamente–.

Luego de escuchar, durante algo más de hora y media, cómo un hombre había irrigado de sangre algunos corredores y pisos del edificio y el restaurante en cuestión, salí a la calle solitaria y fría de aquella nocturna Bogotá que hoy odiaba tanto. Mientras bajaba por la 53 me acordaba del rencor que me carcomía cuando me disponía a salir del apartamento un par de horas antes.

Feliz navidad y feliz año. Y saludos a su novia, que un abrazo para ella. Tan bonita que es, ¿No?.

Esta señora me había inyectado de las sensaciones me hacían falta para sentirme aún más ruin, rastrero y bajo. Por segundos envidié el porte de un arma. Sé que mi apariencia era sórdida, pues un par de malandrines que le pedían monedas a una señora llegando a la 13 me evitó. En esos momentos recordaba cuando jugaba de niño con el Smith & Wesson y la Colt; y el Batallón Militar dentro del cual quedaba el Jardín Infantil en que estudié de niño; del hambre y la impotencia de mi infancia en Medellín; y la sensación de cuando tenía 9 años, la sensación de estar sólo en una ciudad desconocida a kilómetros de lo que podría llamar una familia.

Esa noche caminé un rato y luego fui a casa. Ya más tranquilo pensé en lo qué podría haber estado pasando por la cabeza de ese tipo. Pensé que con esto se podría escribir una muy buena historia (algunos meses después un “tipo” había ganado un “premiecillo” por ahí con una novela llamada Satanás). Pero también me llegó a la cabeza la pregunta de ¿y qué si yo hubiese sido familiar de las víctimas? ¿Cómo respondería una mente, ligeramente humana como la mía, a una crisis de estas? ¿Cómo responde el humano a una violencia tan vasta? ¿A él cómo le afectó? ¿Qué sentirían sus víctimas al verlo?, ...sus familiares? A mí no me violó un padrastro cuando yo era niño, a mí hijo no lo atropelló un traqueto borracho en su camioneta, a mí no me mataron a mi padre frente a mis ojos (todos casos que he conocido).

¿Qué quieres ser cuándo grande?
Guerrillero. Para poder matar a los que le quitaron la cabeza a mi papá.

Así respondió un alumno de primaria a cierta profe que conozco.

Ayer leí algunos artículos en El Tiempo sobre la película “Satanás” y la controversia que puede generar, junto a otros muy variados que de alguna manera me pusieron a pensar sobre nuestra violencia.

Leerlos me hizo recordar momentos de violencia internos y, por supuesto, la noche en que me enteré que vivía en el edificio de Campo Elías. ¡Frente a un cuartel militar...! Esa noche sentía ganas de matar. Muchas veces uno se ha identificado con el héroe guerrero (William Wallace) que perfora, degüella, quema y pisotea a sus enemigos por una razón “justa”. Incluso, con el asesino en serie de alguna novela (Lecter y Baptiste) disfrutando del poder deslizar sus manos por entre las vísceras calentitas de aquel que te observa y hallar en el zumo destilado de su cabellera y epidermis el perfume que tantas sensaciones te había hecho despertar y tanto habías deseado... Ejem... ehh...

Pero, bueno. ¿Por qué nos es tan atractiva esa violencia? ¿Cómo nos surge la violencia? ¿Cómo se manifiesta nuestra violencia colombiana?... Pero... tei tantico y lo proceso. No sé. Veo la película y lo resuelvo y luego les cuento que me surgió en la testa, pues, para la siguiente entrega... (Junio 13. Miércoles, 2:08 a.m.)

PD: ¿Alguien quiere acompañarme a ver la película? Prometo portarme bien!

• Segunda Parte (2a Entrega)
@PabloTorresM

3 comentarios:

Carlos García dijo...

Algunas de esas preguntas rondan en mi cabeza después de leer el libro y ver la película. He de confesar que en muchas ocasiones me siento como Juan Pablo Castell, el pintor que mató a María Iribarne en el Tunel de Sábato.
Gracias... buena forma de escribir.

Ada Bonnie dijo...

Pues... a mi me pica curiosidad por ver la peli... aca en VZLA no esta en cartelera... tampoco he leido el libro... bulle mi inquietud por descubrir su contenido.

nadorno dijo...

Hola Pablo, entre a tu blog porque me intrigo lo que escribiste sobre "Satanas". La semana pasada estuve entrevistando a Andi Baiz, el director de la peli, para un programa cultural de TV:punto de fusion (luego te contare cuando sale).
La pelicula me fascino. No lei el libro, pero Mario Mendoza, el escritor, conocia personalmente a Campo Elias y creo que eso le da aun mas "unos derechos" de hablar sobre el asunto como tu lo hiciste.
Creo que es importante que la gente recuerde su historia y en ese sentido se justifica una pelicula como Santanas con toda las polemicas que genera.Ademas, es una pelicula bien hecha, en todo sentido, con toda la produccion necesaria,de veras.
Me sorprendio una frase de Andi Baiz donde el dice: “Me gusta el cine agresivo, que agita, que provoca audiencias"...creo que lo esta logrando....
De paso, te mando un beso y me cuentas si te gusto la peli.